Min menu

Pages

Cuando llegó la nueva muchacha a trabajar a la casa, mi esposo puso una cara de impacto al verla... Una madrugada, me desperté y al no verlo a mi lado fui a ver qué pasaba; lo descubrí metido en el cuarto de ella. La chava lo estaba chantajeando diciéndole: 'Págame una buena feria o le cuento todo a tu mujer'. Me empecé a mover para investigar y no pude creer lo que descubrí: mi marido tiene una amante, ¡y lo peor es que la otra es la mejor amiga de la muchacha!

#Cuento corto #Ficción #Escritura creativa El contenido del cuento corto anterior es únicamente con fines de entretenimiento y es totalmente ficticio.




Capítulo 1: Sombras bajo el sol de Oaxaca

El sol de Oaxaca caía implacable sobre los muros de color ocre de la mansión. Elena, heredera de una estirpe que se perdía en los anales de la ciudad, observaba desde el balcón cómo el buganvilia se enredaba con violencia en las rejas de hierro forjado. Su vida era una coreografía perfecta: la cena puntual, el matrimonio impecable con Alejandro, y el prestigio que su apellido aún proyectaba.

Esa mañana, la calma se fracturó. Sofía, una joven zapoteca de ojos profundos como pozos negros, fue contratada para el servicio. Cuando entró en la sala, con sus manos callosas y su aire de quien carga secretos, Alejandro, el poderoso empresario, soltó el vaso de tequila que sostenía. El cristal se hizo añicos contra el suelo de baldosa.

—¿Qué te sucede, Alejandro? —preguntó Elena, sintiendo un escalofrío.
—Nada, Elena. Solo un descuido. El calor, supongo.

Pero no era el calor. En las noches siguientes, la casa comenzó a oler a ruda, romero y un incienso espeso que se filtraba por debajo de las puertas. Elena veía a Alejandro frente al altar de los antepasados, con las manos temblorosas, murmurando plegarias que no eran de consuelo, sino de súplica.

La tragedia estalló una madrugada bajo una luna de plata pura. La sed despertó a Elena, pero al extender la mano, encontró el lado de la cama vacío. El silencio de la casa era absoluto, roto solo por el murmullo de voces en la zona del servicio. Caminando descalza, Elena llegó a la puerta entreabierta de Sofía. Lo que vio le heló la sangre: Alejandro, el hombre que ella creía dueño de su destino, estaba arrodillado ante la sirvienta, suplicando.

—Si no me das el dinero —susurró Sofía con un tono gélido, sin rastro de humildad—, toda Oaxaca sabrá qué hiciste aquella noche del Día de Muertos. Las cenizas no entierran la verdad, Alejandro.

Elena retrocedió, con el corazón martilleando contra sus costillas. El horror no era solo la traición, era el abismo que se abría bajo sus pies. Esa misma noche, mientras su esposo dormía un sueño intranquilo, ella registró el cuarto de Sofía. En una caja de madera, halló fotos desgastadas y documentos que desmoronaron su mundo: Alejandro no solo era un adúltero, sino el autor intelectual de una muerte accidental —o más bien, un asesinato calculado— para usurpar tierras. Y la estocada final: Valeria, su mejor amiga, era la cómplice y amante que compartía el lecho y el secreto.

Capítulo 2: La danza de las máscaras

El Día de los Muertos llegó con su habitual mezcla de duelo y fiesta. El aire de Oaxaca estaba cargado de aroma a cempasúchil y cera de vela. La mansión, adornada con papel picado, se convirtió en un escenario de sombras y colores vibrantes. Todos los invitados, incluyendo a Valeria, portaban máscaras de Catrinas y calaveras, escondiendo sus rostros tras la elegancia del vacío.

Elena, vestida con un traje tradicional negro, se movía entre los invitados con una serenidad que rozaba lo espectral. Su plan estaba en marcha. Había sustituido las botellas de mezcal por una infusión ritual, una poción antigua de hierbas que, en las dosis justas, dilataba la percepción y desdibujaba la línea entre la realidad y la pesadilla.

Alejandro y Valeria, eufóricos por el éxito de sus maniobras financieras, bebían sin control. Pronto, sus miradas empezaron a vagar. Elena había orquestado el ambiente: las luces se atenuaron, el incienso se volvió denso y, en las esquinas, figuras vestidas con harapos —actores contratados— comenzaban a deslizarse como ánimas en pena.

—¿Lo ves, Alejandro? —susurró Elena al oído de su esposo, mientras una flauta de carrizo sonaba en la lejanía—. ¿Ves a quien dejaste en la carretera el año pasado?

Alejandro, bajo el efecto de la purga, comenzó a sudar frío. Sus ojos, desorbitados, buscaban desesperadamente una salida en medio de la multitud. Valeria, a su lado, empezó a gritar sin sentido, viendo cómo los retratos de los ancestros parecían cobrar vida y señalarla.

—¡Fui yo! —exclamó Alejandro de repente, lanzándose de rodillas frente a los invitados—. ¡No fue un accidente! ¡Yo lo hice para que el proyecto avanzara! ¡El dinero está enterrado en la cuenta de Valeria!

El murmullo de la fiesta cesó abruptamente. El silencio se volvió un arma. Elena, observando desde la penumbra, vio cómo la policía, a quien ella misma había contactado días antes, rodeaba la propiedad. Sofía, tratando de escabullirse con un maletín lleno de dinero, fue interceptada en el jardín. Elena no gritó, no lloró; simplemente se ajustó su rebozo, viendo cómo la justicia terrenal comenzaba su trabajo.

Capítulo 3: El silencio del desierto

La luz de la mañana siguiente fue cruel. Los esposos y la cómplice fueron sacados de la mansión esposados, entre los flashes de las cámaras y el repudio de la alta sociedad oaxaqueña. La humillación era total; el apellido de Alejandro quedó reducido a cenizas, borrado de los libros de historia de la ciudad.

Sofía, custodiada por los oficiales, pidió un último momento con la dueña de la casa. Sus ojos ya no eran fieros, sino huecos.

—¿Por qué no me mataste, Elena? —preguntó Sofía, con la voz quebrada por el miedo al encierro—. Tenías el poder para destruirme por completo, para hacerme desaparecer.

Elena se acercó a ella. Su figura, alta y erguida, proyectaba una sombra larga sobre el empedrado. El viento movió sus cabellos y el perfume del cempasúchil flotó entre ambas.

—La muerte es un alivio, Sofía. Es un olvido que no mereces —respondió Elena, con una frialdad que helaba el alma—. Vivir entre los barrotes, sabiendo que cada persona que conoces te escupe al pasar, sabiendo que el resto de tus días se consumirán en la vergüenza de lo que fuiste... eso es la verdadera condena. La libertad que pierdes no es lo grave, lo grave es la mirada de los otros sobre tu miseria.

Sin esperar respuesta, Elena dio la espalda a la mujer y caminó de regreso a su hogar. Entró en el gran salón, ahora vacío y silencioso. El desorden de la fiesta aún permanecía, pero ella no sintió caos, sino una limpieza profunda.

Se dirigió al altar de los muertos. Encendió una vela blanca y la colocó junto a una pequeña ofrenda de sal y agua. No era una mujer rota; era una mujer renacida. El eco de los pasos de Alejandro ya no resonaba en los pasillos, y los secretos de Valeria se habían ido con el viento del desierto.

Elena se sentó frente al altar. Por primera vez en años, el aire de la mansión se sentía ligero, sin las presencias oscuras de la mentira. Ella, la mujer que había sido sombra de su esposo, era ahora la única soberana del lugar. Observó la llama de la vela, un faro pequeño en la inmensidad de su mansión, y sonrió. La casa estaba limpia. La vida, con toda su crudeza y su paz, podía finalmente comenzar.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

Comentarios