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La esposa estaba furiosa al descubrir que su marido le ponía el cuerno con la joven y guapa empleada doméstica que había contratado apenas el mes pasado. Sin pensarlo dos veces, fue directo al cuarto de la muchacha para armar un pancho, pero la chica, con una sonrisa burlona, le enseñó una foto y le soltó: 'Apuesto a que no te has olvidado de esta persona, ¿verdad?'. La mujer se quedó helada, se desplomó de rodillas y empezó a suplicar perdón: en la foto aparecía nada menos que...

#Cuento corto #Ficción #Escritura creativa El contenido del cuento corto anterior es únicamente con fines de entretenimiento y es totalmente ficticio.




Capítulo 1: El perfume de la traición

El aire en Oaxaca se sentía pesado, cargado con la fragancia penetrante y dulce de las flores de cempasúchil que comenzaban a adornar los altares para el Día de los Muertos. En la casona señorial de la familia Valdés, el silencio era casi absoluto, interrumpido solo por el tic-tac obsesivo del reloj de pared. Elena, vestida con un elegante traje de luto que parecía una armadura contra su propia realidad, caminaba por el pasillo principal. Su linaje, una estirpe de aristocracia venida a menos, se reflejaba en los retratos polvorientos que colgaban de las paredes.

Sin embargo, algo rompía la armonía de su hogar. Un aroma. No era el incienso copal ni las flores del altar. Era un perfume floral, un aroma a lirios blancos que no le pertenecía a ella. Lo había sentido en el estudio de su esposo, Alejandro, un abogado cuya ambición era tan vasta como su frialdad.

—¿Alejandro? —llamó ella, con la voz templada pero firme. No hubo respuesta.

Movida por una punzada en el pecho que no pudo controlar, Elena se dirigió hacia el área de servicio, hacia el cuarto de almacenamiento, un lugar frío y oscuro que ella rara vez visitaba. Al empujar la pesada puerta de madera, la escena que encontró fue como un golpe seco al estómago. Allí estaba él, Alejandro, con las manos entrelazadas con las de Sofía, la joven empleada que había llegado hacía apenas un mes, trayendo consigo una belleza inquietante, propia de las montañas del sur.

La traición no vino como una sorpresa, sino como una confirmación. La rabia, contenida durante años tras una fachada de perfección, explotó en una furia ciega. Elena tomó un candelabro de bronce del pasillo, sintiendo el metal frío contra su palma, y entró en el cuarto con paso firme, sus ojos ardiendo con una intensidad que hacía mucho no sentía.

—¡Fuera! —gritó, su voz retumbando en las paredes de piedra—. ¡Tú, desgraciada, recoge tus harapos y lárgate de esta casa ahora mismo! ¡Y tú, Alejandro, no te atrevas a decir una palabra!

Su marido retrocedió, con el rostro pálido, pero Sofía no se movió. La joven, que siempre había bajado la mirada con aparente sumisión, permaneció sentada en el borde de la cama, con una calma que rayaba en lo sobrenatural.

Capítulo 2: La sombra del pasado

Sofía no tembló. Al contrario, soltó una carcajada suave, un sonido que se filtró entre las sombras de la habitación como el siseo de una serpiente. Levantó la vista y sus ojos, negros como obsidiana, se clavaron en los de Elena.

—¿Irme? —preguntó Sofía, con una voz que había perdido su acento servil—. No, señora. Esta casa es, irónicamente, el lugar al que siempre debí volver.

Sofía introdujo su mano en el bolsillo de su delantal y extrajo una fotografía pequeña, amarillenta por el paso del tiempo. La dejó caer sobre la mesa de madera con un gesto preciso. Elena, impulsada por una curiosidad mórbida, se inclinó. Sus ojos recorrieron la imagen: una familia feliz en la Ciudad de México, hace veinte años. Un padre exitoso, una madre de sonrisa dulce y una niña pequeña.

El mundo de Elena se detuvo. El aire dejó de entrar en sus pulmones. Reconoció a la mujer del retrato: ella misma, joven, hermosa y cruel, cuando, impulsada por una codicia desmedida, se infiltró en aquella familia, destruyendo el matrimonio de un hombre poderoso para escalar socialmente a costa del dolor ajeno.

—¿Ya te acordaste, verdad? —susurró Sofía—. Mi madre no soportó la humillación cuando le arrebataste todo. Tu ambición fue el veneno que la obligó a cerrar los ojos para siempre.

Elena retrocedió hasta chocar contra la pared. El candelabro cayó al suelo, iluminando débilmente el rostro de la joven que ahora comprendía que no era una simple empleada. Era un fantasma vengativo, un eco del pasado que ella creyó enterrado bajo el peso de su nueva vida.

—Yo no... yo era joven, no sabía lo que hacía —balbuceó Elena, sintiendo cómo su orgullo de aristócrata se desmoronaba en el polvo del cuarto.

—Veinte años, Elena. He pasado veinte años observándote, preparando este momento —dijo Sofía, levantándose lentamente—. No quiero solo a Alejandro. Quiero todo. Quiero que sientas lo que es perderlo todo, incluso el derecho a respirar en este aire que consideras tuyo.

Capítulo 3: La última ofrenda

Elena, en un estado de pánico absoluto, se arrodilló ante la joven, suplicando. Prometió dinero, prometió silencio, prometió abandonar la ciudad. Todo menos perder la única seguridad que le quedaba: su estatus.

—Está bien —dijo Sofía, su voz ahora un susurro gélido—. Firma este documento. Transfiere toda la propiedad, todas las cuentas, todo a mi nombre. Si lo haces, tal vez te deje vivir en la calle con algo de dignidad.

Con manos trémulas, Elena firmó cada página. En su mente, una pequeña luz de esperanza le decía que, si sacrificaba sus riquezas, podría recuperar a Alejandro, su único aliado. Pero la realidad mexicana, a veces cruel como una leyenda prehispánica, tenía otros planes.

Tras firmar el último papel, Sofía sonrió y salió brevemente, regresando con una taza de té humeante.

—Tómalo, te calmará los nervios —dijo la joven con una dulzura falsificada—. Es la misma infusión que te preparo cada mañana.

Elena bebió. El sabor era amargo, terroso, con un regusto metálico. Fue entonces cuando Alejandro entró al cuarto. No la miró con lástima, ni siquiera con odio. La miraba como si fuera un mueble viejo que ya no cumplía su función.

—Ella no te ama, Elena —dijo Alejandro, ajustándose las mancuernas de la camisa—. Nunca hubo amor. Solo un acuerdo. Sabía quién era Sofía desde el primer día. Ella me ofreció una vida mejor, una fortuna que tú ya no podías generar. Todo este tiempo... fue una actuación para que firmaras voluntariamente.

Elena sintió que el pecho se le cerraba. El veneno, lento y eficaz, comenzaba a paralizar sus extremidades. Su visión se volvió borrosa. Mientras caía al suelo, no vio a Alejandro ni a Sofía. En las esquinas de la habitación, entre las flores de cempasúchil que comenzaban a marchitarse, vio siluetas. Eran los fantasmas de la familia que destruyó, esperando, extendiendo sus manos para llevarla al otro lado en vísperas del Día de los Muertos.

Sofía recogió la fotografía y el documento, dando media vuelta con elegancia. Mientras salía, dejó a Elena sola en la penumbra. Oaxaca celebraba la vida y la muerte, pero para Elena, solo quedaba la ceniza de un pasado que finalmente había cobrado su deuda. En el silencio de la casa, solo quedó el aroma a lirios, cubriendo el último aliento de una mujer que intentó construir un palacio sobre los huesos de otros.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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