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Resulta que una mujer se enteró de que su marido le ponía el cuerno y, además, le quería bajar todos sus bienes. En lugar de armar un pancho o hacer un escándalo, se le ocurrió algo mucho mejor: aprovechó que el tipo se fue de viaje con la otra y organizó su propio funeral. Total, que le avisan al marido que su esposa se había petateado. El día de la ceremonia, cuando el muy cínico llega con su amante del brazo, se topa con la sorpresa: ahí estaba ella, vivita y coleando, lista para darle el susto de su vida y dejarlo en vergüenza frente a todos.

#Cuento corto #Ficción #Escritura creativa El contenido del cuento corto anterior es únicamente con fines de entretenimiento y es totalmente ficticio.


Capítulo 1: El silencio antes de la tormenta

La mansión de los Valdeavellano en San Cristóbal de las Casas no era solo piedra y cantera; era un mausoleo de secretos y linaje. Elena caminaba por el pasillo principal, sus tacones resonando contra el suelo de mármol como latidos de un corazón que se negaba a detenerse. Afuera, la niebla de Chiapas envolvía los pinos, pero dentro, el aire estaba viciado por la traición.

Elena se detuvo ante la puerta del estudio de Alejandro. El sonido de risas cristalinas, inconfundibles, atravesó la madera. Era Sofía. Esa joven que, con la ingenuidad de quien no conoce el veneno de la ambición, creía haber conquistado al abogado más brillante de la ciudad.

—Amor, todo estará listo para nuestro viaje a Tulum —la voz de Alejandro, aterciopelada y falsa, hizo que el estómago de Elena se contrajera—. Cuando ella "desaparezca", esta propiedad será nuestro campo de juegos. Elena es una mujer orgullosa, pero su orgullo será su caída. Un accidente en la sierra es el guion perfecto. Nadie busca a alguien que el destino ha decidido borrar.

Elena cerró los ojos. No hubo lágrimas, solo una frialdad gélida que le recorrió la espina dorsal. Sintió cómo su orgullo, heredado de generaciones de hombres y mujeres que domaron esta tierra hostil, se endurecía como un diamante. No iba a gritar. La gente corriente grita; las reinas ejecutan.

Esa misma noche, Elena se reunió en la parte trasera de la propiedad con los hombres de la vieja guardia, aquellos que servían a su padre y que aún consideraban a la finca su verdadero hogar.

—El camino hacia Tulum es traicionero, Don Mateo —susurró Elena, con una voz que era puro acero—. Quiero un accidente. No quiero que sobrevivan, pero quiero que Alejandro sienta el miedo antes de que el mundo se apague para él.

—Entendido, señora —respondió el anciano, bajando la cabeza con una lealtad absoluta—. La montaña reclamará lo que es suyo.

Elena regresó a su habitación. Miró su reflejo en el espejo. Una mujer hermosa, elegante, pero ahora, despojada de cualquier vestigio de piedad. "Bienvenido al juego, mi querido Alejandro", pensó, mientras observaba el mapa de las curvas peligrosas que conducen al Caribe mexicano. El destino estaba sellado.

Capítulo 2: La puesta en escena perfecta

La noticia llegó tres días después. El informe policial fue breve y devastador: un vehículo desbarrancado cerca de la zona montañosa, restos de equipaje hallados, y el rastro de la pareja perdido en la espesura del barranco. Alejandro, quien se había adelantado en los preparativos del viaje, regresó a San Cristóbal con el rostro desencajado, un actor de método que dominaba cada fibra de su ser para aparentar el dolor.

Sin embargo, en sus ojos, Elena —que observaba todo desde las sombras, oculta bajo el refugio de sus leales—, notaba el brillo febril de la codicia. Alejandro no lloraba por ella; lloraba por el tiempo que tardaría en ejecutar la herencia.

La casona pronto se transformó. Las paredes, antes silenciosas, se cubrieron de flores de cempasúchil. El aroma a incienso de copal se mezclaba con el de la tierra mojada, creando una atmósfera densa y fúnebre. Alejandro, actuando con una prisa casi obscena, ya había comenzado a traer a Sofía a la casa, presentándola como la nueva dueña ante los empleados, ignorando las miradas de odio de los sirvientes antiguos.

—No podemos perder tiempo, Sofía —decía Alejandro en el comedor, mientras bebía un mezcal caro—. Los abogados ya están preparando la transferencia. Elena era una mujer de tradiciones, pero yo soy un hombre de negocios. Este imperio necesitaba una renovación, no una reliquia.

Sofía, deslumbrada por los espejos y los muebles coloniales, se reía.
—¿No te da miedo que su espíritu nos vea, Alejandro? La casa se siente... pesada.

—Los muertos no tienen voz, mi amor —respondió él, con una sonrisa cínica—. Solo los vivos tenemos el poder de cambiar el destino.

Alejandro organizó una velada para la lectura de las últimas voluntades. Invitó a la crema y nata de la sociedad de Chiapas, deseando exhibir su nuevo poder. La sala estaba abarrotada, las velas parpadeaban, y el murmullo de los invitados era constante. El ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica, una espera tensa hacia el acto final.

Capítulo 3: El fantasma despierta

El día de la ceremonia, el aire era irrespirable. La música de La Llorona sonaba, interpretada por un trío de guitarras oculto en el jardín, sus acordes quejumbrosos parecían relatar la tragedia de una traición. Alejandro, impecable en su traje negro, subió al estrado. Se preparaba para dar el discurso final antes de poner su firma definitiva en los documentos legales que le entregarían todo.

Cuando tomó la pluma, un súbito golpe de aire helado entró por los ventanales. Las velas se apagaron al unísono, dejando el salón en una penumbra fantasmal. El silencio fue absoluto. Entonces, desde detrás de los pesados cortinajes de terciopelo carmesí, una figura surgió.

Era Elena. No caminaba; parecía deslizarse. Llevaba un vestido de luto tradicional, bordado en hilos de plata que brillaban como huesos bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Su rostro estaba pintado con una maestría aterradora: los detalles de la Catrina, con cuencas oscuras y una sonrisa permanente y burlona trazada en su piel.

Sofía lanzó un grito ahogado y cayó al suelo, cubriéndose los ojos. Alejandro se quedó helado, la pluma cayó de sus dedos, su rostro se volvió del color de la cera.

—¿Elena? —logró articular él, con la voz rota por un terror primario—. Tú... tú estabas muerta.

Elena no respondió con palabras. Caminó hacia él, su porte era el de una reina que regresa para reclamar su trono. Sacó de entre los pliegues de su mantón negro un legajo de papeles gruesos. Los arrojó sobre la mesa.

—En México, Alejandro, honramos a los muertos, pero nunca dejamos que un traidor descanse —dijo ella, con una voz gélida que hizo que los invitados retrocedieran—. Aquí están los registros de tu desfalco a la fundación de mi familia. Aquí, el contrato con el hombre que contrataste para envenenar mi vino hace meses. Creíste que eras el cazador, pero siempre fuiste la presa.

En ese instante, las puertas se abrieron de par en par. La policía federal, alertada por las pruebas que Elena había recopilado silenciosamente, entró en la sala. Los hombres de la vieja guardia, que habían servido a su padre, formaron una muralla humana, bloqueando cualquier intento de escape.

Alejandro fue esposado mientras gritaba incoherencias. Sofía, sollozando y desesperada, fue llevada bajo cargos de complicidad. Mientras se lo llevaban, Alejandro miró hacia atrás una última vez. Elena estaba allí, rodeada por el mar de cempasúchiles, con la pintura de la Catrina aún en el rostro, pero sus ojos, profundos y lúcidos, brillaban con una determinación renovada.

No era un fantasma, sino una mujer que había renacido de sus propias cenizas. La mansión volvió a la calma, un silencio solemne donde solo el susurro del viento entre los cactus recordaba que, en esta tierra, los secretos nunca permanecen enterrados por mucho tiempo. Elena se quedó sola en el gran vestíbulo, guardiana de su propio honor, mientras el primer rayo de sol comenzaba a iluminar las montañas.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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