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Con tal de cambiar su suerte, un tipo aceptó ser el amante de una señora de 60 años con la esperanza de que le heredara una buena lana. Sin remordimiento alguno, dejó a su esposa y hasta la humilló diciéndole: 'Tu familia es una muerta de hambre, no tienen ni dónde caerse muertos'. Después de abandonarla, el hombre pensó que había ganado, pero al mudarse con la señora, no tenía idea de que su vida se iba a convertir en un verdadero infierno.

#Cuento corto #Ficción #Escritura creativa El contenido del cuento corto anterior es únicamente con fines de entretenimiento y es totalmente ficticio.



Capítulo 1: La traición bajo el sol de Jalisco

El sol de Jalisco no calentaba, quemaba. A las tres de la tarde, el aire se sentía espeso, cargado con el aroma seco del agave y el polvo que se colaba en los pulmones de quienes tenían la mala fortuna de haber nacido destinados a la pobreza. Mateo estaba de pie en el centro de la pequeña casucha de adobe, sintiendo cómo cada segundo en ese lugar le consumía la vida. Su mirada, afilada como un cuchillo de obsidiana, se clavó en Elena. Ella estaba sentada sobre un taburete desgastado, bordando con una paciencia que a él le resultaba irritante, casi obscena.

"¿Otra vez con eso, Elena?", soltó Mateo, con una voz que destilaba un veneno destilado en años de frustración. Sus manos, nerviosas, buscaban algo que destruir. Sin previo aviso, se acercó de un zancadillazo y barrió con el brazo el cesto de costura. Los hilos de colores se esparcieron por el suelo de tierra, enredándose como víboras de seda entre el polvo.

Elena levantó el rostro. Sus ojos, profundos y oscuros, no mostraron ira, sino una tristeza tan vasta que pareció llenar la habitación. "¿Por qué, Mateo? Es lo único que tengo", susurró ella, con la voz quebrándose en un sollozo ahogado.

"¡Tu miseria es lo único que tienes!", gritó él, acercándose tanto que ella pudo sentir el calor abrasador de su aliento. "¡Esa miseria es una soga que me está ahorcando, Elena! Estoy harto de oler a tierra, de comer las sobras de una vida que no me pertenece. Yo nací para el lujo, para el poder, no para morir en este chiquero contigo. ¡Tu presencia aquí es un recordatorio constante de mi fracaso!"

Elena se puso en pie, temblando. "Juntos podemos salir adelante, Mateo. Siempre ha sido así".

"No, Elena. Tú eres la raíz que me mantiene anclado al fango. Yo necesito alas, y esas alas me las va a dar otra mujer", espetó él con una crueldad que le provocó un escalofrío hasta a él mismo. Agarró su vieja maleta, donde apenas guardaba un par de mudas, y la llenó con gestos bruscos. La dejó a ella allí, en silencio, rodeada por sus hilos dispersos y el vacío de un hogar que, para él, nunca había sido más que una celda.

Caminó bajo el sol implacable hacia la gran mansión en la colina, la residencia de Doña Sofía. Ella, con sus sesenta años y sus extensiones de tierras que brillaban bajo el sol como un océano verde, lo esperaba como un león espera a su presa. Mateo creía que era un cazador entrando en el territorio de su conquista, sin saber que cada paso que daba sobre las baldosas de mármol de la mansión lo alejaba más de la humanidad y lo acercaba, irremediablemente, a un altar de sombras.

Capítulo 2: El precio de la ambición en el sótano

Los meses en la mansión fueron un espejismo de oro y terciopelo. Doña Sofía era una mujer de una elegancia gélida, cuya voz sonaba como el choque de copas de cristal. Sin embargo, detrás de la fachada de la viuda poderosa, habitaba una devota fanática de la Santa Muerte. En el salón principal, un altar negro dominaba la estancia; el aroma a incienso, cera vieja y flores marchitas era el aire que se respiraba en aquel lugar.

Una noche, aprovechando que Doña Sofía se había retirado a una reunión con sus socios en la capital, la curiosidad, esa semilla de la perdición, se apoderó de Mateo. Se dirigió al estudio de la mujer. Detrás de una estatua de madera oscura, encontró un pasadizo que descendía hacia las entrañas de la casa. El aire en el sótano era helado, pesado con una energía que le erizó la piel.

No había dinero. No había oro. Había archivos. Docenas de carpetas con nombres, fechas y retratos de hombres que, como él, habían intentado escalar el poder a través de ella. Mateo abrió uno al azar y sintió que el corazón se le detenía: eran crónicas detalladas de sus muertes, etiquetadas fríamente como "ofrendas". Sus manos temblaban al pasar las páginas. Encontró un contrato de seguro de vida a nombre de Doña Sofía, donde él era el beneficiario, pero la letra pequeña revelaba que, al morir, sus tierras y sus deudas pasarían a ser propiedad exclusiva de ella.

Entonces, la luz de su linterna iluminó un pequeño altar oculto en un rincón. Allí estaba su fotografía, atravesada por un alfiler negro y rodeada de velas de sebo. A un lado, un frasco etiquetado con su nombre contenía un polvo blanco, el mismo que ella vertía en su copa de vino cada noche, asegurando que era una pócima para la "potencia y el vigor".

La náusea lo invadió. No era un heredero; era una cosecha. Mateo se desplomó contra la pared fría, comprendiendo con terror absoluto que su cuerpo estaba siendo lentamente envenenado para que, en el momento preciso, fuera entregado como sacrificio a la Santa Muerte. El silencio del sótano se volvió ensordecedor; cada sombra parecía moverse, burlándose de su ambición ciega. Estaba atrapado en una jaula de oro, y la llave la tenía la mujer que dormía en la habitación de arriba.

Capítulo 3: La danza final en el Día de Muertos

El Día de Muertos llegó con un despliegue de caléndulas y velas que iluminaban la mansión como si fuera un faro en la oscuridad. Mateo había perfeccionado el arte de la simulación. Actuaba como el amante sumiso, el joven que había encontrado en la devoción de Doña Sofía una nueva religión. En secreto, había buscado a Elena en el pueblo. La encontró demacrada pero con la mirada firme, y a través de un abogado amigo, había logrado mover los hilos legales para transferir las tierras a nombre de ella, bajo una estructura corporativa que Doña Sofía jamás sospecharía.

Durante la cena de gala, la atmósfera era eléctrica. Doña Sofía, vestida con encaje negro, brindó con Mateo. Él tomó la copa, sintiendo el peso del destino en sus dedos. Con una destreza nacida del miedo, logró cambiar su copa con la de ella en un descuido de la mujer.

"Por nuestro futuro, mi vida", dijo ella, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

"Por nuestro destino", respondió Mateo, observando cómo ella apuraba el vino, ese mismo vino que contenía el veneno que ella había destinado para él.

A medida que el efecto del veneno comenzó a apoderarse del cuerpo de la anciana, sus ojos se desencajaron y sus manos empezaron a arañar el mantel de encaje. Mateo se arrodilló ante ella, no para consolarla, sino para susurrarle al oído la estocada final. "Ya no eres la dueña, Sofía. He entregado el control de cada hectárea a Elena. La policía ya tiene las llaves de tu sótano y los diarios de tus crímenes. ¿Querías mi vida para la Santa Muerte? Pues ve a entregarte tú misma".

Doña Sofía se desplomó, el terror congelado en sus facciones mientras las velas del altar se apagaban una a una por una ráfaga de aire repentina. El silencio absoluto envolvió la casa.

Días después, Mateo buscó a Elena en la casona ahora restaurada. Se sentía victorioso, seguro de que ella lo recibiría con los brazos abiertos. Pero cuando la vio, no encontró a la mujer sumisa que recordaba. Elena estaba de pie, con una frialdad que helaba la sangre, y puso sobre la mesa un fajo de billetes, la misma cantidad que él había despreciado años atrás.

"Aquí está tu libertad, Mateo", dijo ella, sin parpadear. "Vendiste tu alma por la riqueza y la cambiaste por el miedo. Ahora, vete. No hay lugar para ti en esta nueva vida".

Mateo salió de la mansión, despojado de todo. Caminó por las calles polvorientas de Jalisco, un hombre vacío. Hoy, los locales dicen que en las noches de luna llena, se puede ver a un extraño de rostro demacrado arrodillado frente a un altar de la Santa Muerte, no buscando fortuna, sino mendigando un poco de paz para una conciencia que nunca más conocerá el descanso.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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