#Cuento corto #Ficción #Escritura creativa El contenido del cuento corto anterior es únicamente con fines de entretenimiento y es totalmente ficticio.
Capítulo 1: La Sombra sobre la Casa Amarilla
El sol de Oaxaca se filtraba por las rendijas de la vieja casona de muros amarillos, pero no traía calor, sino una asfixiante sensación de presagio. Mateo, con las manos aún impregnadas de la arcilla fría que tanto amaba, sintió que el aire se volvía denso al cruzar el umbral del salón principal. Allí, bajo la mirada impasible de los retratos ancestrales, Elena estaba sentada.
Elena, la mujer que había llegado a sus vidas como una brisa de primavera, se había convertido en un invierno eterno. Vestía un luto elegante que, irónicamente, resaltaba la ferocidad de sus ojos felinos. A su lado, Javier, un hombre de sonrisa gélida y trajes impecables, revisaba unos documentos con la precisión de un verdugo.
—Mateo, siéntate —dijo Elena, su voz era como terciopelo sobre una hoja de afeitar—. Tu padre no despertará hoy. El médico ha sido claro. Lo mejor para la familia es ejecutar el traspaso.
Sobre la mesa, el documento descansaba como una sentencia de muerte. Mateo sintió un vacío en el pecho. Recordó la voz de su padre, Don Alejandro, hablando de las manos que daban vida al barro, de la conexión sagrada con la tierra. Esa firma en el papel, trazada con una caligrafía temblorosa que no reconocía, era una afrenta a todo lo que el apellido significaba.
—¿Por qué tanta prisa, Elena? —preguntó Mateo, esforzándose por mantener la compostura tradicional que tanto valoraba.
—El progreso no espera, querido —intervino Javier, con una risita cínica—. Este taller es una reliquia inútil. Estamos vendiendo el terreno a un consorcio. Deberías estar agradecido de que aún te permitamos estar aquí.
Mateo inclinó la cabeza. El dolor era un nudo de fuego en su garganta, pero su educación le impedía explotar. Sin embargo, en su interior, algo se estaba rompiendo. La traición tenía un sabor amargo, metálico. Mientras Elena firmaba papeles, el silencio de la casa era interrumpido solo por el murmullo lejano de las campanas de Santo Domingo. La tragedia no era solo la pérdida del taller; era la violación del alma de su padre.
Capítulo 2: El Eco de la Calavera
Esa misma noche, impulsado por una intuición que quemaba más que la fiebre, Mateo subió a la habitación de su padre. La penumbra era total, rota apenas por la luz de un velón que parpadeaba frente al altar familiar. Don Alejandro, su padre, yacía como una estatua de mármol, despojado de la fuerza que una vez definió a Oaxaca.
De pronto, un espasmo recorrió el cuerpo del viejo. Su mano, rugosa y llena de cicatrices de artesano, se cerró sobre la muñeca de Mateo con una fuerza inesperada.
—Hija… —susurró Alejandro, sus ojos buscando los de su hijo—. El… el jarrón de la Calavera… la esencia… de los ancestros… —Su respiración se cortó, sus ojos se cerraron y cayó en una calma que parecía el preludio del fin.
Mateo no perdió un segundo. Corrió al rincón del taller donde reposaba el jarrón de la Calavera, una pieza maestra con el diseño de la muerte que, según la leyenda, guardaba la verdad absoluta. Con el corazón martilleando contra sus costillas, levantó el jarrón y lo estrelló contra el suelo. Los fragmentos saltaron como dientes de obsidiana. Entre el polvo cerámico, un pequeño dispositivo digital brilló bajo la luna.
Con manos temblorosas, lo conectó a su ordenador. Lo que vio le heló la sangre. El vídeo mostraba a Elena y Javier en la cocina, manipulando con frialdad unas flores de campana, la Datura stramonium, cuyas semillas pulverizadas mezclaban meticulosamente en el té de su padre cada noche. Las risas de Elena mientras hablaban de demolición y dólares resonaban en la habitación como una blasfemia.
—Malditos —rugió Mateo, su voz ahogada por una mezcla de rabia pura y desesperación—. Jugaron con la vida de un hombre que los trató como su sangre.
En ese momento, la tristeza desapareció, reemplazada por una claridad gélida. Mateo entendió que la justicia no vendría de las leyes de los hombres, sino de la implacable memoria de Oaxaca.
Capítulo 3: El Vals de la Muerte
El Día de los Muertos envolvió a Oaxaca en una atmósfera de magia y duelo. Las calles estaban inundadas de caléndulas y el aroma del copal. Mateo, vistiendo ropas sobrias pero dignas, organizó un altar público en la plaza principal. Había corrido el rumor de que el gran Alejandro había muerto, y la élite de la ciudad, junto con la prensa, acudió a dar el pésame.
Elena llegó vestida de gala, su rostro perfectamente maquillado para proyectar una tristeza artificial. Se acercó al podio, lista para leer un discurso ensayado sobre el "legado de su esposo".
—Hoy, los que se han ido regresan para reclamar lo suyo —dijo Mateo, interrumpiéndola. Su voz resonó en toda la plaza, amplificada por el silencio expectante—. Elena, ¿recuerdas este jarrón?
Mateo arrojó los restos de la pieza de cerámica a los pies de la mujer. Ella palideció, sus dedos se crisparon al ver el dispositivo de memoria sobre la mesa central. En cuestión de segundos, la pantalla gigante detrás del altar comenzó a proyectar la confesión visual: Elena y Javier, la droga, la codicia, el desprecio por la historia.
La plaza se convirtió en un nido de murmullos indignados. Javier intentó escabullirse, pero la multitud lo rodeó, mientras los agentes de policía, alertados horas antes por Mateo, se abrían paso entre el caos festivo. Elena, al ver su imperio de mentiras desmoronarse en pleno corazón de la ciudad, se desplomó contra el pavimento, mientras las cámaras de los periodistas capturaban su caída.
Días después, el sol volvió a salir sobre el taller. Don Alejandro, débil pero consciente, observaba desde su silla cómo su hijo modelaba una nueva pieza de barro. Mateo ya no era el joven sumiso; era el guardián de una estirpe. La justicia se había cumplido no con sangre, sino con la verdad que sale a la luz cuando la tierra, que nunca olvida, decide hablar.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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